Caza y pesca

Hablábamos una vez más, como tantas otras antes y tantas otras que vendrán después, de hombres y mujeres y cómo se hace para durar y arder al mismo tiempo, o algo así.

Me dijiste, con razón, que estoy esperando a ese hombre sudoroso que traiga un jabalí a cuestas, dispuesto a cocinarlo en fuego lento, el fuego del hogar prendido, la vista al lago detrás de unos pocos árboles, la casa del sur con la cual soñamos más de lo necesario.
El hombre fornido que venga canturreando bajo la lluvia con cara de héroe, con cara de puma (de los pumas que juegan al rugby, no los pumas animales).

Músculo y fibra en el cerebro y en el corazón, pienso mientras te digo “hay otros jabalíes que acarrear”.
Jabalíes sin cara que se resisten tanto o más que aquéllos, supongo.
Animales que no necesitan de músculos pesados ni cánticos de ukachaka.

Sensaciones, sentimientos, estados de ánimo, pánicos inculcados a fuego, terrores y horrores, memorias y sueños de noche abierta, ideas, ocurrencias, homenajes, vida que es sólo vida. O tal vez más que vida.

Todo detrás de alguno y delante de mí.
Todo sazonado y requemado, violento y nervioso pero grácil bailarín, todo esperando el hogar que se prenda de una vez, llamas ardiendo frágiles o poderosas en el viento.
Cocinándose, asándose, haciéndose.

Vos, alma más que cuerpo, entregando o fluyendo, dejando ser y fuerte sosteniendo una idea, una esperanza.

Esta esperanza.

~ por Gisella en Agosto 7, 2008.

Escribe un comentario