Puertas adentro

Acabo de volver de uno de mis reductos preferidos. El lugar con olor a Casares y milanesas con gusto a Casares.

Un restaurante verde con luz de tubo destinado a los taxistas de Buenos Aires.
Taxistas solitarios, siempre sentados de cara a la tele, siempre viendo el mismo partido de fútbol y comiendo el mismo menú.

Parecen más amigables los taxistas cuando se sientan a comer.
Se olvidan de las puteadas cotidianas, los cuentos chinos de los pasajeros, las monedas que nunca hay, los bondis, los peatones, los semáforos, las frenadas, el relojito.

Ellos se olvidan de sus penurias y nosotros, los no taxistas, nos disponemos a gozar del mejor flan casero que comimos últimamente, con agujeritos y todo.
Pero nosotros cada vez somos más.
Grupos de amigos, parejas, gentes comunes, transeúntes que descubrieron el lugar por casualidad y se enamoraron, como nosotros, de la camaradería y la simpleza y el aire de pueblo chico que se respira ya cuando entrás.

Estamos invadiéndolos, ellos lo saben y se están retirando de a poco, dejando sillas vacías, huecos que necesitan ser llenados por más taxistas.
No por foráneos escapados del Konex, grupúsculos improvisados, parejas con ropa de colores brillantes o familias disfuncionales como la mía.

Pero el reducto es generoso y por ahora todos podemos convivir en armonía, tal como no lo hacemos en la calle, puertas afuera.

~ por Gisella en Mayo 23, 2008.

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