Mi boca anestesiada

Qué feo, pero qué feo es ir al dentista.

Claro, para él somos carne de cañón, moneda corriente, pedazos de dientes para toquetear nada más.
Se sienta ahí lo más tranquilito y nos ordena que mantengamos la boca bien abierta, lo más abierta posible, mientras nuestros ojos no saben para donde mirar porque no hay nada para mirar excepto sus ojos como platos celestes metiéndose en nuestra garganta, bien al fondo.

Ya que la boca permanece medio dormida y se nos va cayendo la baba por el costado, el resto de los sentidos se exacerba. El olfato pasa a tener un control casi absoluto de la situación.
Entonces ese olor hediondo y medicamentoso de la pasta verde que nos puso hace dos segundos se apodera de la boca por completo y andamos por la vida con olor a quirófano.

Cada vez que abrimos la boca despedimos olor a torno.

Y el ruido, no olvidemos el ruido por dios. Alguien inventó ese ruido para volvernos lentamente locos.

Los que todavía andamos medio cuerdos por ahí y tenemos la desgracia de caer en el sillón del dentista, seremos impiadosamente horadados por ese chillido agudo e imposible.
Y nada de lo que podamos pensar borrará la imagen gélida del aparato plateado escurriendo nuestra muela.

No hay nada bello en ese ritual.
Nada puede parecerse a un sosiego, no existe oasis posible con veinticinco algodones inmovilizando el gesto.

Nos queda rezar y esperar que al menos lo que venga después no sea peor.

~ por Gisella en Mayo 6, 2008.

Una respuesta to “Mi boca anestesiada”

  1. Cuando tenía 36 años me daban 28, y ahora que voy llegando a los 40 parezco de 36, lo que en definitiva me hace sentir demasiado joven para llevar cuentas viejas, ya que en 4 años envejecí 8, el día en que el mayor rejuveneció por 4 años más al viejo que fuí. Los dientes, la confianza y las seguridades se apiñan sin ortodoncias ni prótesis, todos los días que contamos en busca de una mordida más, la de mañana, la definitiva.
    Por eso, para mi, en el casillero uno, lo más bonito de una mujer, es su sonrisa. Y claro está, que sepa cuidar del jardín.

    “El hombre que por no saber llevar su contabilidad por espacio de tres mil años se queda como un ignorante en la oscuridad de quien sólo vive al día.” Goethe

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