El síndrome NA
Pareciera que esta bendita sociedad ultramoderna nos coloca frente a la necesidad de tener que andar por ahí persiguiendo cosas. O personas.
Todo parece estar al alcance de la mano pero todo está a años luz, y alejándose.
Queremos (siempre) lo que no tenemos.
Lloramos por el que se fue, nos regodeamos en las despedidas, leemos poesías y novelas rosas hasta reventar. Hasta que nuestra cabeza explota y no damos más.
Escuchamos esa canción, esa, la que nos toca el punto G de la memoria. Esperamos el estribillo congelados y ateridos hasta que llega el momento cúlmine donde subimos, volamos, llegamos, nos encontramos con el paraíso perdido y lo abrazamos como si fuera real.
La canción nos acompaña todo el día.
Hasta que pasamos a otro tema. Otra cosa. Otra persona. Que mientras esté disponible casi que ignoramos, lo damos por hecho, esta ahí. ¿Está demasiado ahí?
Está tan ahí que forma parte del decorado, casi es una guarda más del papel de la pared.
Ya conocemos sus gestos y sus sonidos como nuestra respiración.
Sabemos que cuando se levante se va a quedar mirando fijo a la nada sin saber qué hacer.
Sabemos que cuando prepare las tostadas dejará la mermelada y el queso destapados, impunes en el medio de la mesada.
Conocemos la mueca de resignación que va a hacer cuando se vaya y sabemos también que a media tarde va a llamar por teléfono.
Como siempre.
Sabemos que no va a saber qué decir y que solamente dirá “cómo estás”, siempre en el mismo tono uniforme y neutro.
Sabemos que se va a perder cuando busque una dirección y que se va a desesperar cuando nos enojemos.
Sabemos que se va a reir de cada pavada que digamos.
Que nunca va a saber qué hacer.
Y que siempre va a estar disponible.
Un día nos vamos a alejar y entonces cada uno retomará su posición, la de siempre.
Tal vez él ya no esté disponible para nosotras pero sí para alguien.
A lo mejor tenemos suerte, y nuestros roles van rotando y así no nos aburrimos tanto.
Sabemos que para él siempre fuimos las Not Available. Nunca nos entendió.
Nuestro cerebro y nuestro cuerpo eran desafíos imposibles.
Vamos por ahí buscando ser amados, buscando amar, y nos ponemos caretas o barreras, trampas que nos inventamos para no caer en el abismo.
Revoloteamos, corremos, danzamos en una coreografía excéntrica y arraigada por siglos en nuestra carne.
Casi no sabemos hacer otra cosa más que correr hacia ese abismo, quererlo todo, todo ya, entero y saborearlo con cada sentido.
Arder como cenizas, explotar la lava que crece y se agiganta con nada más que ese olor.
Nada más que un olor.
O, en el otro extremo, no queremos nada. Ya hemos visto todo y el empapelado en la pared tiene que volar, de un momento a otro.
Impacientes, adelantamos el momento de la huida hasta que casi no queda nada de nosotros ahí.
Todo queda en la nada y el otro pasa a ser un odiado, una desgracia, un necesario y urgente abandono.
Así estamos, revoloteando entre dos polos, dos caras de la misma moneda, ansiando de una vez por todas encontrar algo que se parezca al equilibrio.

gracias por lo que escribes. Tu blog es realmente un blog que vale la pena, sobre todo, tu blog es lo que manifiesta “todo es amor”, porque casi sin quererlo viertes sobre tus visitantes algo de ello…