Sex and the shitty

Julio 5, 2008

Recién vengo de ver esta famosa peli de la que todas hablan. Sex and the city, claro.
Siendo una gran fan de la serie, me metí al cine con tímidas expectativas de entretenerme o sonreir al menos por un rato, recordando los viejos buenos tiempos de estas cuatro mujeres en busca de la felicidad.

Grande fue mi desazón cuando me encontré con una parodia de los peores momentos de la serie, un auténtico mamarracho que intenta ilustrar lo que supuestamente ocurre en la vida de una mujer en busca del amor, o en busca de ropa de marca.

Porque estas mujeres, dios mío, se sienten más subyugadas ante la presencia de una cartera Louis Vouitton que ante cualquier hombre. Y lo que brilla por su ausencia, además de la autenticidad y las sutilezas de la vida cotidiana, es la verdadera recreación de una relación de pareja, o al menos su intento.

Pero qué manga de susanitas malhabidas por favor. Una peor que la otra.
Si la vida se resolviera con un vestidor de 30 metros cuadrados o un vestido de Vivienne Westwood, todo sería bastante parecido a una mierda.
A real piece of shit.

Vuelvo a mi vida entonces, más tranquila, por no haberme comido ni un pedacito de esa torta envuelta para regalo, sabiendo que lo último que quiero hoy es ser esa susanita.
No quiero un Big ni ser Carrie.

De eso, por suerte, paso.

The morning after

Junio 17, 2008

Cuasi abrumada por la confusión y al ritmo de los acordes del himno nacional en la radio, siento la necesidad de escribir.
No es que tenga tan claro qué decir, y en este momento de embanderamientos acaloradísimos, no me parece una mala idea no tener tan claras las cosas.

Todos parecen saber contra qué o quién luchan. Ahora es ella, tiene nombre y apellido y casi todos los que ahora la odian hasta la locura antes la votaron.
Claro, acá votan cualquier cosa, eso ya se sabe.
Lo menos malo, lo que elige la mayoría, el cuidado del bolsillo, el 1 a 1 y la mar en coche.
Votan la casa en orden, la caja de ahorro, la quintita, la chancha y los veinte.

Y que me dejen irme de vacaciones por favor, y no me toquen los morlacos que uno a uno fui juntando con esfuerzo (o sin esfuerzo, qué más da).
Que me permitan comprarme la casita, la tele, el dvd y el celular con mp3 y cámara digital por favor. Que no falte el celular con camarita.
Todo en cómodas cuotas.

Que sobre todo me hagan creer que soy feliz, que mi vida es absolutamente completa porque tengo un trabajo de 9 a 6 que me parte al medio y no me deja ver a mi familia ni respirar casi.
Y después que me abran un after office cerca, así por lo menos puedo fantasear un rato con algo de libertad, o incluso ejercitar mi no soltería con esas gentes no solteras que juegan a la casita y a la mamá.

Que me dejen tener mi autito y sacarlo a pasear para demostrar mis habilidades como conductor, y que me pongan muchos conductores geniales como yo alrededor, así nos reventamos todos juntitos haciendo del tránsito de esta ciudad el peor del mundo.

Todo muy lindo, prolijito, con pequeñas pero no trágicas fisuras.

Mientras tanto, no quiero por favor mirar a nadie más.
Los que duermen en la calle, desnudos y alejados de la noción de tiempo, pasaré al lado de ellos como si formaran parte del paisaje. Así sin más.
Los que piden en las esquinas, vendedores de cualquier cosa, que errabundean por la ciudad en busca de un lugar para caer muertos.
Los nenes sin padres o con padres que los mandan a buscar un trozo de comida o un trozo de dinero.
Las generaciones de buscacartones que andan dando vueltas contra el frío, el viento, todo.

Los demás, los que están al lado.
Los fantasmas que no queremos ver.

Entonces después de ver quinientas horas seguidas de TN, C5N y América y escuchar una hora que pareción un siglo de la FM cordobesa que ahora pasan en la 99.1, mi cabeza a punto de estallar pide por favor silencio.
Basta de cacerolas, bocinas, apagones, patoteros, discursos remanidos, corridas, banderitas, carteles, bravuconadas, rumores.
Basta de esta confusa nada que precede a algo que nadie sabe qué es.

Hace rato que queremos matarnos entre todos, eso no es novedad.
Lo que más queremos preservar es lo nuestro, siempre, lo nuestro y cuanto más chiquito mejor.
El sueldito, el ahorrito, el hijito, el bolsillito.
El de al lado no es más que una excusa.

Me voy a dormir sin la tele, sin la radio, sin el periódico ni los amigos que salieron a gritar a las calles.
Me voy a dormir sin mi familia que se conmueve con De Angelis o la gorda Carrió.
Sin mis vecinos que hoy no quisieron darme una mano.
Sin tanta gente que alguna vez estuvo acá.
Y con tanta otra que no lo está.

Me voy a dormir esperando que mañana esté todo un poco más claro.

Histeria colectiva

Junio 1, 2008

Definitivamente la noche no es para mí. Esta noche loca, a tientas y a ciegas, en busca de solamente una, dos o tres miradas.
Esta noche de pie, vaso en mano, atragantados en el vino, pegados a columnas y saltando sin ton ni son.
Noche descompuesta, indecisa, testigo de incoherencias y charlas al vacío, noche que solamente se revela porque tenemos una mirada amiga al lado.

Y si le cantamos a esa amiga, y bailamos con ella, gozando el momento presente y solamente eso, sin mirar alrededor, a los esperpentos decadentes con cara de fashion que pasan por ahí, sin escuchar los débiles intentos por seducirnos del vecino de atrás, sin pensar si nos miran o nos dejan (de mirar).
Si podemos descentrarnos del entorno putrefacto y dedicarnos al círculo que creamos ahí, in situ, pues tiene sentido.

El resto es histeria colectiva.
Pura vacuidad, noche tirada a la basura, sobresaltos y pequeños actos de violencia o acercamientos futiles, todo por nada.
Nada más que un levante bien pasajero, si es de una sola noche mejor.
Ese levante es lo que no quiero.
Esa histeria es de lo que huyo.

Esa mirada directo al culo, mirada que muere ahí y no quiere nada más que ese minuto, mirarte bailar, moverte, como si fueras un objeto en una vidriera, un muñeco danzante que se mueve a pilas.
Esa intención de mala muerte, miserable intención que ni siquiera se concreta en acto.
Eso lo tiro bien lejos, me lo olvido.

Me quedo con algunos destellos de complicidad femenina, o complicidad humana, simplemente.
Un deseo de que haya más de estas vidas, más de estas amigas que dan todo, sobre todo ganas de reír y de quedarse, de bailar a lo loco, de que la vida sea larga y de que no importe nada más que ese momento donde todas cantamos la misma canción.

Lo otro, repito, es histeria.
Lo otro no existe.

Puertas adentro

Mayo 23, 2008

Acabo de volver de uno de mis reductos preferidos. El lugar con olor a Casares y milanesas con gusto a Casares.

Un restaurante verde con luz de tubo destinado a los taxistas de Buenos Aires.
Taxistas solitarios, siempre sentados de cara a la tele, siempre viendo el mismo partido de fútbol y comiendo el mismo menú.

Parecen más amigables los taxistas cuando se sientan a comer.
Se olvidan de las puteadas cotidianas, los cuentos chinos de los pasajeros, las monedas que nunca hay, los bondis, los peatones, los semáforos, las frenadas, el relojito.

Ellos se olvidan de sus penurias y nosotros, los no taxistas, nos disponemos a gozar del mejor flan casero que comimos últimamente, con agujeritos y todo.
Pero nosotros cada vez somos más.
Grupos de amigos, parejas, gentes comunes, transeúntes que descubrieron el lugar por casualidad y se enamoraron, como nosotros, de la camaradería y la simpleza y el aire de pueblo chico que se respira ya cuando entrás.

Estamos invadiéndolos, ellos lo saben y se están retirando de a poco, dejando sillas vacías, huecos que necesitan ser llenados por más taxistas.
No por foráneos escapados del Konex, grupúsculos improvisados, parejas con ropa de colores brillantes o familias disfuncionales como la mía.

Pero el reducto es generoso y por ahora todos podemos convivir en armonía, tal como no lo hacemos en la calle, puertas afuera.

Literatura de pasillo

Mayo 10, 2008

Hace un rato nada más acabo de escaparme de la Feria del Libro.
Con paso firme y sigiloso logré escabullirme a los empujones del medio del gentío.

Iba yo confiada creyendo que tal vez la gente se quedaría en su casa, mirando fútbol, comiendo facturitas, degustando el obligado mate de las 18.
Error.
Todos estaban ahí. Todos todos.

Las amas de casa con sus críos en brazos o en cochecitos, los maridos aburridos reunidos en pequeños grupos haciendo tiempo, los adolescentes ávidos de comics, las señoras sesentonas y setentonas que nada tienen mejor que hacer un sábado a la tarde que apoltronarse en cualquier stand que regale cosas.

La gente va a que le regalen cosas. Largas filas en informes, o en stands de marcas de medicamentos, stands de provincias que reparten mapas, cualquier lugar que parezca estar rifando o rematando algo, genera un cúmulo de gente zumbando como abejas.

El lugar de mayor concentración de individuos es, por sobre todo, el pasillo. El pasillo vertical, el horizontal no tanto.
Hay que saber encontrar los atajos y no esperar como ganado a que se mueva el que va delante.
Escurrirse por los breves espacios que dejan sus cuerpos, esa es la clave.

Por suerte yo sabía a qué iba, entonces rápidamente encontré el libro que buscaba, Conejo de Viaje de Liniers. Entusiasmada por haber encontrado el libro y un rectángulo de 50 x 50 cms donde pararme sin que me pisen, compré otros dos más. Todo a muy bien precio.

Ya extasiada por haber hecho todo esto sin morir en el intento, decidí ir a por mi autógrafo de Liniers, el verdadero motivo de mi visita a la fantástica y relajante exposición. Grande fue mi sorpresa cuando al ponerme en la fila de 112 personas agolpadas en el stand de Ediciones de la Flor, un señor muy puesto me dijo que ya se habían terminado los numeritos, eran “80 nada más querida, te digo para que no hagas la fila viste”.

Y bueno, muy oronda y sin perder la compostura, emprendí mi retirada con paso fugaz y mi bolsita en la mano izquierda, dejando madre y tía desperdigadas por ahí, felices en todos y cada uno de los pasillos.

Mi boca anestesiada

Mayo 6, 2008

Qué feo, pero qué feo es ir al dentista.

Claro, para él somos carne de cañón, moneda corriente, pedazos de dientes para toquetear nada más.
Se sienta ahí lo más tranquilito y nos ordena que mantengamos la boca bien abierta, lo más abierta posible, mientras nuestros ojos no saben para donde mirar porque no hay nada para mirar excepto sus ojos como platos celestes metiéndose en nuestra garganta, bien al fondo.

Ya que la boca permanece medio dormida y se nos va cayendo la baba por el costado, el resto de los sentidos se exacerba. El olfato pasa a tener un control casi absoluto de la situación.
Entonces ese olor hediondo y medicamentoso de la pasta verde que nos puso hace dos segundos se apodera de la boca por completo y andamos por la vida con olor a quirófano.

Cada vez que abrimos la boca despedimos olor a torno.

Y el ruido, no olvidemos el ruido por dios. Alguien inventó ese ruido para volvernos lentamente locos.

Los que todavía andamos medio cuerdos por ahí y tenemos la desgracia de caer en el sillón del dentista, seremos impiadosamente horadados por ese chillido agudo e imposible.
Y nada de lo que podamos pensar borrará la imagen gélida del aparato plateado escurriendo nuestra muela.

No hay nada bello en ese ritual.
Nada puede parecerse a un sosiego, no existe oasis posible con veinticinco algodones inmovilizando el gesto.

Nos queda rezar y esperar que al menos lo que venga después no sea peor.

El cuento de la tía

Mayo 4, 2008

Mi cabeza es un bombo ahora mismo, no entiendo cómo pero logré colgar el teléfono después de una tortuosa conversación con mi tía.
A mi tía le hicieron el cuento de la tía.

Esto es algo que puede ser útil para todos, para que no los tome por sorpresa ni queden al borde del infarto como la tía.

Ahora está de moda que te llamen por teléfono a cualquier hora, con voz de sargento policial, diciéndote que un familiar tuyo está grave, tuvo un accidente, está inconciente, y demás variaciones sobre el tema.
Saben tu nombre muchas veces pero no el nombre de tu hijo o hija,lo cual es ilógico, porque te dicen que para ellos es un NN pero de alguna forma llegaron a vos y saben que es familiar tuyo, así que te enredan una falacia incomprensible.

Es gente que llama desde las cárceles y después te van llevando hacia el lugar donde te van a robar. Uno va porque se asusta, claro, entra en pánico, se le va el poco raciocinio que tiene y listo, te embaucaron alegremente.
Claro, en este caso se encontraron además con mi tía, una de las personas más exageradas, pesimistas y paranoicas de este planeta.

Pero hasta ella tuvo una ráfaga de luz y logró cortar el teléfono y buscar a sus hijas para comprobar que estaban a salvo. Pero si estás en el cine, o incomunicado, durmiendo o sin celular, los demás pueden creer que estás muerto.

Supongo que hay muchas maneras de comprobar que no lo estás, eso es más fácil que bajar los decibeles de la angustia existencial de tener que andar persiguiendo a la gente que tiene esta gente (mi tía).

Así que atenti: cuando te llaman largando este rollo de la comisaría, cortá silbando bajito y seguí viviendo, no vaya a ser que te mueras del susto nomás.

El síndrome NA

Abril 24, 2008

Pareciera que esta bendita sociedad ultramoderna nos coloca frente a la necesidad de tener que andar por ahí persiguiendo cosas. O personas.

Todo parece estar al alcance de la mano pero todo está a años luz, y alejándose.
Queremos (siempre) lo que no tenemos.
Lloramos por el que se fue, nos regodeamos en las despedidas, leemos poesías y novelas rosas hasta reventar. Hasta que nuestra cabeza explota y no damos más.
Escuchamos esa canción, esa, la que nos toca el punto G de la memoria. Esperamos el estribillo congelados y ateridos hasta que llega el momento cúlmine donde subimos, volamos, llegamos, nos encontramos con el paraíso perdido y lo abrazamos como si fuera real.

La canción nos acompaña todo el día.

Hasta que pasamos a otro tema. Otra cosa. Otra persona. Que mientras esté disponible casi que ignoramos, lo damos por hecho, esta ahí. ¿Está demasiado ahí?

Está tan ahí que forma parte del decorado, casi es una guarda más del papel de la pared.
Ya conocemos sus gestos y sus sonidos como nuestra respiración.
Sabemos que cuando se levante se va a quedar mirando fijo a la nada sin saber qué hacer.
Sabemos que cuando prepare las tostadas dejará la mermelada y el queso destapados, impunes en el medio de la mesada.
Conocemos la mueca de resignación que va a hacer cuando se vaya y sabemos también que a media tarde va a llamar por teléfono.
Como siempre.

Sabemos que no va a saber qué decir y que solamente dirá “cómo estás”, siempre en el mismo tono uniforme y neutro.
Sabemos que se va a perder cuando busque una dirección y que se va a desesperar cuando nos enojemos.
Sabemos que se va a reir de cada pavada que digamos.
Que nunca va a saber qué hacer.
Y que siempre va a estar disponible.

Un día nos vamos a alejar y entonces cada uno retomará su posición, la de siempre.
Tal vez él ya no esté disponible para nosotras pero sí para alguien.
A lo mejor tenemos suerte, y nuestros roles van rotando y así no nos aburrimos tanto.

Sabemos que para él siempre fuimos las Not Available. Nunca nos entendió.
Nuestro cerebro y nuestro cuerpo eran desafíos imposibles.

Vamos por ahí buscando ser amados, buscando amar, y nos ponemos caretas o barreras, trampas que nos inventamos para no caer en el abismo.
Revoloteamos, corremos, danzamos en una coreografía excéntrica y arraigada por siglos en nuestra carne.

Casi no sabemos hacer otra cosa más que correr hacia ese abismo, quererlo todo, todo ya, entero y saborearlo con cada sentido.
Arder como cenizas, explotar la lava que crece y se agiganta con nada más que ese olor.
Nada más que un olor.

O, en el otro extremo, no queremos nada. Ya hemos visto todo y el empapelado en la pared tiene que volar, de un momento a otro.
Impacientes, adelantamos el momento de la huida hasta que casi no queda nada de nosotros ahí.
Todo queda en la nada y el otro pasa a ser un odiado, una desgracia, un necesario y urgente abandono.

Así estamos, revoloteando entre dos polos, dos caras de la misma moneda, ansiando de una vez por todas encontrar algo que se parezca al equilibrio.

Quebradero de cabezas

Abril 23, 2008

Mi analista dice que cuando estás conociendo a alquien que te gusta tenés que hacer una tabla con tres divisiones.

La primera es de las cosas que considerás imprescindibles. Esto es, que si el chico o la chica que te gusta tiene alguna característica que para vos es muy positiva, pues al casillero número uno.
Por ejemplo, yo considero fundamental que a mi chico le guste abrazar, y que abrace rico.
También que adore la música y podamos compartirla.
Que tenga imaginación viajera. Y que me invite a viajar sobre ella.

Ahora bien, si la chica o el chico que te gusta tiene un rasgo negativo que para vos es inaceptable, también va a parar a ese casillero.
Por ejemplo que no pueda defenderte ante el peligro, o que se esconda debajo de una frazada cuando vos lo necesitás.
Ambas al primer casillero.

La segunda división es de las cosas que son poco importantes. O sea que ahí metés los “nis”.
No es ni muy esto, ni muy lo otro, pero me da básicamente lo mismo, entonces va en el ni.
Que le gusten las mismas pelis que a vos.
Que hable mucho de sí mismo o que hable mucho de cualquier cosa.
Que sea alto.

Y después está lo que realmente no te importa. Lo nimio, pequeño, esas cosas que pasan desapercibidas.
Por ejemplo, si le gusta la comida japonesa o la hindú, si está a la moda o no, si es pelado o le sobra pelo. Si sabe lo que es Ikea.
Lo que es absolutamente intrascendente va al último casillero.

Cuando mi analista me lo dijo pensé que este esquema es absolutamente simplista.

Cómo vas a meter cada cosita en una casillita?
La vida es acaso una sumatoria de pequeñas cositas?
Me fui de la sesión con el croquis en la cabeza, incapaz de pensar en otra cosa.

Hoy creo que tal vez siga su consejo.

Todo sería tanto más fácil si pudiéramos meternos adentro del cuadrillé, abrigados por el amparo de la lógica progresión de sucesos, palabras y acciones que van armando este quebradero de cabezas, cada día.

Teoría de tres

Abril 21, 2008

Hoy hicimos teoría.

Nos enredamos en profundísimas afirmaciones sobre el amor, las parejas, la vida, los otros, de nuevo el amor.
Entendimos todo muy claramente.

Que lo más importante es la conexión, que lo feo, lo horrible es el agobio, los celos y la dependencia.
Que tenemos que encontrar un objetivo fuera de nosotros, lejos, pelear por algo que nos una y a la vez nos trascienda, algo mucho más grande que nosotros los humanos las pobres cabezas de aguja del universo.

Todo eso entendimos, sonreímos, comimos apple crumble y brindamos con té, al son de un blues que valía la pena seguir escuchando.

Miramos los árboles mecerse en el viento cálido de esta noche sin humo, con luna llena de noche llena.

Nos miramos, construimos historias verosímiles, viajes imaginarios de vacaciones, planes para los próximos fines de semana de este año y descansamos sobre el blanco tapizado apenas molestados por la presencia de una mosca.

Tomamos un taxi apretaditos, un precioso grupo de tres que nadie entendía muy bien, pero no hace falta entender, si nos divertimos tanto como una familia.

Contentos y cansados de tanta teoría, nos fuimos a dormir cada uno a su casa.
Pero chau hasta mañana.

Otro encuentro con la vida real.