Cuasi abrumada por la confusión y al ritmo de los acordes del himno nacional en la radio, siento la necesidad de escribir.
No es que tenga tan claro qué decir, y en este momento de embanderamientos acaloradísimos, no me parece una mala idea no tener tan claras las cosas.
Todos parecen saber contra qué o quién luchan. Ahora es ella, tiene nombre y apellido y casi todos los que ahora la odian hasta la locura antes la votaron.
Claro, acá votan cualquier cosa, eso ya se sabe.
Lo menos malo, lo que elige la mayoría, el cuidado del bolsillo, el 1 a 1 y la mar en coche.
Votan la casa en orden, la caja de ahorro, la quintita, la chancha y los veinte.
Y que me dejen irme de vacaciones por favor, y no me toquen los morlacos que uno a uno fui juntando con esfuerzo (o sin esfuerzo, qué más da).
Que me permitan comprarme la casita, la tele, el dvd y el celular con mp3 y cámara digital por favor. Que no falte el celular con camarita.
Todo en cómodas cuotas.
Que sobre todo me hagan creer que soy feliz, que mi vida es absolutamente completa porque tengo un trabajo de 9 a 6 que me parte al medio y no me deja ver a mi familia ni respirar casi.
Y después que me abran un after office cerca, así por lo menos puedo fantasear un rato con algo de libertad, o incluso ejercitar mi no soltería con esas gentes no solteras que juegan a la casita y a la mamá.
Que me dejen tener mi autito y sacarlo a pasear para demostrar mis habilidades como conductor, y que me pongan muchos conductores geniales como yo alrededor, así nos reventamos todos juntitos haciendo del tránsito de esta ciudad el peor del mundo.
Todo muy lindo, prolijito, con pequeñas pero no trágicas fisuras.
Mientras tanto, no quiero por favor mirar a nadie más.
Los que duermen en la calle, desnudos y alejados de la noción de tiempo, pasaré al lado de ellos como si formaran parte del paisaje. Así sin más.
Los que piden en las esquinas, vendedores de cualquier cosa, que errabundean por la ciudad en busca de un lugar para caer muertos.
Los nenes sin padres o con padres que los mandan a buscar un trozo de comida o un trozo de dinero.
Las generaciones de buscacartones que andan dando vueltas contra el frío, el viento, todo.
Los demás, los que están al lado.
Los fantasmas que no queremos ver.
Entonces después de ver quinientas horas seguidas de TN, C5N y América y escuchar una hora que pareción un siglo de la FM cordobesa que ahora pasan en la 99.1, mi cabeza a punto de estallar pide por favor silencio.
Basta de cacerolas, bocinas, apagones, patoteros, discursos remanidos, corridas, banderitas, carteles, bravuconadas, rumores.
Basta de esta confusa nada que precede a algo que nadie sabe qué es.
Hace rato que queremos matarnos entre todos, eso no es novedad.
Lo que más queremos preservar es lo nuestro, siempre, lo nuestro y cuanto más chiquito mejor.
El sueldito, el ahorrito, el hijito, el bolsillito.
El de al lado no es más que una excusa.
Me voy a dormir sin la tele, sin la radio, sin el periódico ni los amigos que salieron a gritar a las calles.
Me voy a dormir sin mi familia que se conmueve con De Angelis o la gorda Carrió.
Sin mis vecinos que hoy no quisieron darme una mano.
Sin tanta gente que alguna vez estuvo acá.
Y con tanta otra que no lo está.
Me voy a dormir esperando que mañana esté todo un poco más claro.
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